Las habilidades sociales constituyen una herramienta enormemente útil de la que se sirven los seres humanos a lo largo de toda su vida. Las habilidades sociales nos permiten acceder al infinito abanico de posibilidades que nos ofrecen los demás para cubrir nuestras necesidades. Dichas necesidades cambian en función del período en que estemos, las figuras a las que recurrimos también cambian y, cómo no, los modos de que nos servimos para aproximarnos a los demás, pero la facilidad o dificultad para conectar con los demás persiste. Si una persona no presentó problemas de interacción en la Escuela Infantil, cabe pensar que se adaptará con facilidad al sistema de funcionamiento de Educación Primaria y que no tendrá dificultades para formar parte de una pandilla de amigos en la adolescencia o para relacionarse con sus vecinos en un domicilio nuevo. Sin embargo, esto no siempre es así. Efectivamente, existen varios componentes básicos, como la empatía – facilidad para ponerse en el lugar de los demás – o incluso el conocimiento de las convenciones sociales propias de cada contexto, pero existe un componente situacional que tiene tanto peso que puede hacer que una persona sea hábil socialmente en una determinada situación y muy poco o nada en otra. Ser poco hábil en determinado contexto supone la reducción de las posibilidades de obtener refuerzo, ayuda, atención, etc., de los demás, con la consiguiente pérdida de oportunidades para aprender, madurar y, sobre todo, ser feliz.

¿Qué son las habilidades sociales?

Resulta difícil definir con claridad y objetividad en qué consiste un comportamiento socialmente competente, lo cual no significa que no existan criterios para valorar la pertinencia o adecuación de un determinado comportamiento. Si el lector realiza el ejercicio de intentar explicar desde sus conocimientos en qué consiste la competencia social, es muy probable que en sus diversas tentativas aparezcan tres conceptos: consenso social (un comportamiento es considerado incorrecto si no es del agrado del grupo que lo juzga, pero puede ser considerado habilidoso por otro grupo de referencia), efectividad (una conducta es habilidosa en la medida en que conduce a la obtención de aquello que se propone) y carácter situacional (un mismo comportamiento es adecuado en una situación, pero puede no serlo en absoluto en otra).

Detengámonos brevemente en estos tres componentes:

a) Consenso social. De entre todo el repertorio posible de respuestas que se pueden emitir en una determinada situación, tendemos a emitir aquellas que hemos visto que han sido valoradas como pertinentes por otras personas. Es decir, de alguna forma los demás van moldeando nuestro comportamiento social, haciendo que nos sirvamos de unos modos u otros en función de lo socialmente acordado como correcto. El consenso social hace que una conducta pueda ser considerada como adecuada por un grupo de personas y no por otro. Con toda seguridad, una determinada cultura establece unas pautas básicas de comportamiento aceptadas por sus miembros en términos generales, y otras pautas que son propias de cada uno de los subgrupos que la componen. Por ejemplo, los latinos aceptan de buen grado la cercanía física en las interacciones entre dos personas en comparación con los anglosajones. Sin embargo, dentro de la cultura latina, puede haber divergencias en cuanto a los límites establecidos implícitamente entre los diversos subgrupos sociales.

b) Efectividad. La efectividad tiene tres vertientes. En primer lugar, estaría la efectividad en cuanto al logro del objetivo trazado, que puede no coincidir con la efectividad para mantener o mejorar la relación, lo cual, a su vez, puede estar o no relacionado con la efectividad para mantener la autoestima. O, dicho de otro modo, el objetivo puede ser de carácter puramente social (facilitar el desarrollo o mantenimiento de relaciones sociales) o puede ser que nuestro objetivo no sea de tipo social (conseguir un aumento de sueldo o el permiso para llegar más tarde a casa), e incluso ambos pueden entrar en conflicto. Veamos un ejemplo:

Dar un empujón a alguien que pretende colarse en la fila del comedor del colegio puede ser efectivo en la medida en que el niño que empuja hace prevalecer su derecho al conseguir que le atiendan antes que al niño que ha llegado más tarde, y hasta puede que en determinado contexto (por ejemplo, si sabe que le están observando personas a las que quiere impresionar) contribuya a hacerle sentir fuerte y seguro, pero con toda seguridad habrá deteriorado la relación que tuviera o pudiera llegar a establecer con el otro niño.

Un ingrediente fundamental para alcanzar la efectividad es el control emocional que permite a una persona expresar sus sentimientos y defenderse sin una ansiedad inapropiada que le haga adoptar un tono y, en general, una actitud que vaya en detrimento de esa efectividad.

c) Carácter situacional. Si se reflexiona sobre el ejemplo anterior, se coincidirá en que, según la situación, lo pertinente es hacer prevalecer un tipo de eficacia sobre otro, ya que no en todas las ocasiones es fácil encontrar el comportamiento que nos satisfaga en los tres sentidos. Siguiendo con el ejemplo, si se trata de un buen amigo, quizá el niño en cuestión prefiera sacrificar su objetivo y esperar más en la cola para evitar una discusión. El grado de competencia que muestre una persona y, en general, el tipo de interacción que inicie dependerán de factores situacionales como la familiaridad existente con el interlocutor, el sexo de ambos o el propósito de la interacción. La suposición de que una persona se va mostrar igualmente competente al poner en juego una misma habilidad en diferentes situaciones carece de fundamento.

Recogiendo lo aportado hasta el momento podríamos decir que una persona habilidosa es aquella que es capaz de expresar sus sentimientos y/o intereses de una forma tranquila consiguiendo que se tengan en cuenta sus demandas y se minimice la probabilidad de futuros problemas en diferentes situaciones gracias a un amplio conocimiento de los modos de expresión socialmente aceptados.

¿Cómo se adquieren las habilidades sociales?

La conducta humana está influida y determinada en gran medida por el ambiente en que se produce. Lo que sucede alrededor de la persona, y fundamentalmente lo que ocurre antes y después de cualquier conducta, va configurando la manera de comportarse y la forma de ser del individuo. Durante la primera infancia el ambiente más cercano al niño lo configuran la familia y la escuela, por lo que ambos constituyen los agentes más influyentes y determinantes de su proceso de aprendizaje.

Sin quitar importancia a los factores genéticos y hereditarios que intervienen en la configuración del carácter y la personalidad de los individuos, lo fundamental en el comportamiento viene dado por el ambiente, ya que en él se generan la mayor parte de los aprendizajes. Además, el ambiente se puede variar y modificar con el objetivo de adquirir conductas que no se han aprendido todavía, y/o desaprender otras que no son adecuadas, que perjudican al propio individuo o a los demás. Es decir, las conductas sociales, y, por tanto, las habilidades sociales, se aprenden.

Ninguna persona nace simpática, triste, desobediente, violenta, etc., sino que a lo largo de la vida va aprendiendo a ser como es. En este aprendizaje hay dos variables implicadas:

•La propia conducta. Lo que la persona hace, dice, piensa, etc.

•Las conductas de los demás. La reacción del entorno ante lo que el individuo hace.

La relación e interacción de ambas variables se rige por las leyes del aprendizaje. Las más importantes son:

✓Toda conducta que va seguida de una recompensa tiende a repetirse en el futuro.

✓Una conducta que no obtiene ninguna recompensa tiende a desaparecer.

✓En determinadas condiciones, las conductas que van seguidas de consecuencias desagradables tienden a extinguirse.

✓Muchas conductas se aprenden por observación, imitando lo que hacen otras personas.

Las habilidades sociales son conductas aprendidas. Un niño poco habilidoso socialmente no es un niño enfermo o desequilibrado, sino simplemente una persona a quien el medio no ha proporcionado suficientes experiencias y modelos para aprender dichas conductas.

Bibliografía

Ballester, R. (2002). Habilidades Sociales. Madrid, España: Editorial Síntesis